viernes, 14 de febrero de 2014

EL MONOPOLIO DE CUPIDO.- (un gigantesco chico,gigante N0- poeta)


EL MONOPOLIO DE CUPIDO.-

Ante tu maquillada opulencia… vanito a destajos, sobre tu peinado de salón, entre tus glamorosas gafas de sol importadas, con el valor equivalente a un galón de agua en Haití –en esos tiempos de desastres naturales o golpes de estado. Ni por el vibrador con la tecnología de "punta" o el móvil con el acceso rápido al twitter para que presumas cuantos mega pixeles posee, o los caballos de fuerza de tus muslos, o tus no sé qué, no, nada de eso. No necesitas una nueva lap, si ya tienes conectividad en tus caderas y de banda ancha, donde es fácil la recepción para cualquiera que pretenda entrar a tu red.

No, ni aunque me perjures que estrenarás conmigo esa tanga, donde los diseñadores de Victoria's Secret dejan entre ver sus grandes ideas plasmadas en tan diminuta tela costosa, que es igual de miserable a esas cenas románticas que promociona ya el restaurante a dónde quieres que vayamos. Que mira qué; tragarme dos chicharitos, una rodaja de tomate y lechuga aderezada de quien sabe qué, traído desde algún país Africano donde aquellos le consideran orines de camello, y nosotros lo pagamos como flujo divino… ¡No!, que de esa tacaña ensalada a tu diminuta tanga; prefiero tragarme los condones sucios del grandísimo pelmazo que tienes como amante y vive bajo la cama. Además, esos lugares en donde hacen esta comida, uno debe de dejar la mitad sobre el plato, no sabiendo querida Julieta mía que si yo; tu Romeo, como cualquier otro comensal normal que acude a comer a estos lugares es porque está muerto de hambre, y no los visita para costear, hacer prejuicio o bulla, de nuestro status social dependiendo de si sé o no, qué tenedor se usa para cada cosa.

Ni siquiera podrás convencerme con uno de esos diálogos dramáticos de telenovela barata, argumentando que no pudiste hacerme desistir; porque no tienes el tv de plasma que resalta hasta el más mínimo gesto en la actuación efusiva de la actriz protagonista, aunque en realidad deseas saber por morbo quien se operó la nariz, se levantó el busto o tiene garganta profunda. No, no iré a altas horas de la noche por chocolate egipcio, ni escogeré el reloj sueco con adornos en diamantina volátil, porque tendré que comprarte un par, o veinte de zapatillas que hagan juego exacto, que combinen con el perno y la manecilla, además de que hagan contraste con la marca de este, pues mi Venusina nocturna, tú nunca usas reloj, tu signo astral, tu caprichoso signo astral te impide usar reloj, pues al final de todo; tú, orgullosa, siempre decides la hora para cualquier cosa.

No te imagino cargando lápiz y papel para las letras venideras en semejante bolso, ni la poesía que más te ha hecho vibrar, el rezo al que te encomiendas cuando andas en esos callejones tan fríos y oscuros, el recuerdo transmutado en imagen, la foto de tu madre, la de la mía, la de nosotros, la de tus amigos, no, no lo alcanzo a visualizar, pues una mujer con bolso es la resonancia del misterio, y ahora que si tuvieses esa cabida monstruosa del Praga Stampa Tempi, te quitaría el encanto, sería tan predecible adivinar tus miradas, el sigilo y el movimiento de tus manos dulces, por eso un bolso; ¡No!, porque me aburriría muchísimo pedirte las llaves de la casa –sobre todo porque está ya más que visto el truco– y que tú me respondas; sacando un conejo del sombrero.

Es que ningún detalle, por más bien remunerado que sea puede hacer corpórea la metáfora del cariño por alguien, porque no te amo solo este día, porque no me acuerdo de mi madre solo el 10 de mayo, o cuando me la mencionas con la altisonante oratoria cada que no levanto la tapa del wáter, porque no deseo abrazarlos solo en navidad o cuando consumo anfetas, y porque no les rezo a mis muertos solo el 2 de noviembre, así como no espero mofarme de mis enemigos cada 28 de diciembre, pues me encanta hacerlo a diario, porque siento todos los días, odio todas las mañanas, anhelo todas las tardes y muero a cada noche. Por eso me niego a ser partícipe del Monopolio de Cupido, reniego de su sacrosanta capilla, de su positivista recinto, de su consumista plegaria, de su asqueroso lema, spot o eslogan de Centro Comercial que sabe más a edicto subliminal, y aunque tú no lo intuyas, igual él es un capitalista empresario gordo, mancebo, que gusta de la cocaína y la excentricidad aquella de poseer animales raros y sombreros extravagantes que hacen juego con su mirada voyeur.

Por eso no pienso pagarte un peinado de salón, sabiendo que por culpa de tus inseguridades, dañes con aerosoles la capa de ozono y al final quieras verte bien para todos, y no tan solo para ti... ya no digamos para mí, que soy de todo este arreglo, al que menos te importa impresionar. Por eso no pienso pagar el envío de tus gafas importadas, teniendo en cuenta que podríamos comer bien con ese dinero durante un mes, o al menos mejor que cualquier niño tercer mundista, donde el pan más mohoso vale el doble, o más que tu vida y la mía, y si no es así, pues mínimo le cuesta entregarla por minutos a gordos empresarios como tu Cupido. No sé, ni me entiendo de tu maldita codicia ¿por qué desear un vibrador si tienes esta ave marina? –y me froto la entrepierna–, ¿para qué una computadora si tú eres un virus?, ¿para qué un móvil si tu especialidad son los mono sílabos?, la desgraciada ropa de marca no importa, si al final desnuda me entretienes más que vestida y no te ofendas, que muchas de ustedes, corpóreamente con sus atuendos nos dicen mentiras, solo dan el gatazo, y a la mera hora, ese buen lejos, es solo una pesadilla de cercanía y fracaso.

Además; sea con ropa fina, de marca prestigiada o esa sin etiqueta que se encuentran en los mercados de segunda mano ¿qué más da si sigues siendo mujer? que el don de dar a luz –aunque en ti pueda ser una casualidad– y de diva insoportable nadie te lo quita –y no, no es mera suposición, es ¡fatalidad!

Y de la cena costosa no sé, ni entiendo a estas mujeres, si todas dicen y se quejan de que; si las llevas por unos tacos, no pasas de tacaño y simple vulgo, y que si vamos a un restaurante caro, no serás más que un altanero y pedante, además de un estúpido ignorante, que no entiende que ustedes, solo tienen hambre y lo que necesitan es un cocinero que atasque de grasa su porción para que se llenen y se sientan satisfechas, a uno que le ponga adornos, y lo haga ver como un arte dadaísta de proporciones reservadas. Como si con la infinidad de utensilios y la larga mirada con la que los percibimos, además de los colores, la combinación, la vajilla de porcelana, los vasos italianos, el arreglo floral, los cubiertos plateados retocados en orfebrería internacional, la música de salón, el santo sudario de Turín como mantel, con esas grandes vistas que uno tiene por la decoración y el análisis que hay que darle al platillo –por que más que calificarlo como comensal, hay que hacerlo como crítico de arte–, con toda esa infinidad de detalles y su cantidad vasta de significados, con eso, ¿creen que van a llenarnos el estómago? siendo que tú no sabes de conceptos, ni de jugar con la comida.

La estúpida tele de vanguardia ¿para qué? con 150 canales, qué puta flojera buscar las escenas de cama en cada uno de ellos, el chocolate te causa gases, el reloj no reside el tiempo, sino la opulencia en las altas clases sociales –con eso de que ahora para ellos hasta un perro chihuahua es ya un llavero. Y el bolso, ¡ay! el bolso, ¡qué demonios!, que tú traes un bolso hasta para el bolso. Por eso ningún ornato ostentoso, ninguna edición especial de lápiz labial, ni el infame dogma de que si no es Calvin Klein no vas al tianguis por nada, ni por ninguna cosa. Y si aun así necesitas de tu codicia, y si te sientes menospreciada, y si te sientes incompleta, y si piensas que no te amo, o que se ha arruinado nuestra noche de romance, y que la única forma de solucionarlo es cumplirte un capricho; pues bien, te lo cumpliré, hasta te bañaré de oro puro –descuida que no es un golden shower– mira, hasta te diré un poema escucha;

“póstrate en la mejor pose mi dulce flor, que es en cuatro, en cuatro; que en cuatro estaciones florezcas y que en veinte uñas enraíces que te amaré como un reptil”

¡Oye! dije un poema, ¿por qué te exaltas?, tampoco dije que no iba a ser de esos que fuese difícil de digerir, uno de esos que tanto odias que me dedique a escribir, además, escribir un poema, escribir, ¿qué has de saber tú de eso? escribir es tan peligroso como vivir, pero ¿qué has de saber tú? si te deleitas con una tarjetita de timbre de ese monopolio que nada más te exhibe la inteligencia en un verso alejándote de la intriga, y manteniéndote monótona entre tus díceres, entre tus frases, a la labor de esos versos ¡ah!... pero no en cualquiera, sino en uno de esos profundos a los cuales yo ni me acerco como tú me dices, ¿cómo era que decía tu tarjetita?… ¡ah! sí; “vales mil” esa es tu máxima favorita ¿no?

Bueno, a lo que iba mi armonioso céfiro, si piensas que no te amo, y que se ha arruinado nuestra noche de romance, y que la única forma de solucionarlo es cumplirte un capricho. Pues vamos, que te lo cumpliré, ¡en verdad! ¡en verdad! ¿no me crees? Como ya te lo he declarado, te lo cumpliré, con toda sinceridad. Vamos, que te daré gusto con ese capricho de sentirte superior con cosas materiales, me dejaré de preámbulos y pretextos, de metódicas estadísticas y del desvarío, de prólogos y aletargamientos superfluos que limiten llegar a ese clímax. Vamos amor, si es eso lo que deseas, vamos mi Julieta, mi dulcísima y diáfana musa, vamos si eso es lo que anhelas, vamos mi Venus, mi épico estímulo de ternura, vamos que si eso es lo que quieres, vamos querida que esta noche, y escúchalo bien amor, esta noche; ¡esta noche te lo hago con un billete de tres ceros… y te quedas con el cambio!

por;
Hoz Leudnadez
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